12.01.2010

Historias de la caza

Relato publicado en la revista de caza "Trofeo".

UN DOBLETE PELIAGUDO

"Aunque alcanzaba los veinticinco años y la verdad no eran muchos, justo desde los catorce ya dí por hecho que como cazar era otra historia esa sería mi historia hasta el final.

Aprovechar el nacer del nuevo día para iniciar la andadura tras las piezas de caza menor, era un placer incansable para mí y por que no también para Leal, el compañero de fatigas mejor dotado de todos con los que disfruté aquellos años. Las duras y majestuosas sierras de mi tierra eran fieles espectadoras de mis contínuas idas y venidas cada temporada, llenas de singulares lances, acompañados de vez en cuando por algún aciago día en el que nada salía bien, aún así me conformaba y ya pensaba en el siguiente que sin duda sería mucho mejor. Estas eran las credenciales de aquél cazador modesto, pero nacido con el espíritu de un verdadero cazador.

Había descansado muy bien aquella noche y no me quitaba el sueño lo que podría ocurrir tras el nacer de una nueva jornada, así pues, aquel día a principios de año se puso en marcha y nos regalaba al perro y a mí un nuevo y difícil reto, luchar de tu a tu principalmente con las bravísimas patirrojas salvajes. Cargué la escopeta paralela con dos cartuchos Leopard de color negro, de 32 gramos de peso, del plomo número 7, me concentré muy bien sabiendo lo que significaba aquello y comencé a cazar con caminar pausado totalmente a mi aire, hasta que un par de horas más tarde voló muy lejos el primer bando de perdices hacia un profundo barranco sin poder apuntarles ni de casualidad. Era algo más que una seria advertencia para mí, ellas tampoco tenían sueño.

Las seguí intuitivamente queriendo engañar alguna pero como el grupo continuaba sin disgregarse, volaron juntas por delante varias veces más y alguna otra fuera de mi vista porque al final las perdí, continué con mis estrategias con el fín de aprovechar nuevas ocasiones hasta que se hizo mediodía con el peor resultado posible, la escopeta sin disparar, y las perdices sin cobrar. Y Leal sin dar crédito a lo ocurrido.

Aminoré la marcha y me detuve en una fuente natural para tomar un par de vasos de agua cristalina, cuando se escuchó el pregón de un viejo y solitario perdigacho con los espolones bien puestos desde el pico de mayor altura. Aunque muy pocas veces te alabas después de oír tales engañosos cánticos, quise darme otra oportunidad y salí decidido en su búsqueda. Pero su canción duró muy poco, con una nueva composición titulada “chiac, chiac, chiac,” acabó su repertorio y a varios tiros de escopeta voló como un avión, continuó planeando hacia adelante muy ufano desapareciendo de mi vista, y no pude ni adivinar donde detuvo su vuelo. Y Leal perdonando pero sin olvidar.

Tampoco me apeteció quedarme a medias. Ascendí hasta lo más alto y pude comprobar que el resto de patirrojas se habían ido de marcha tras el concierto porque no estaban a mi disposición allí, sólo ellas sabían donde. Como no recordaba un sólo día de caza menor tan malo lo bauticé como horrible, habida cuenta de que tres o cuatro piezas incluyendo en ellas alguna liebre solía juntarlas habitualmente en el chaleco. Y Leal buscando un culpable.

Así, con idéntico estado de ánimo, sacrificio y lucha llegamos a media tarde, justo cuando los latidos de otros canes se escuchaban remotamente, yo continué a lo mío sin pensar en otra cosa pero el perro presagiaba alguna porque iba girando la cabeza una y otra vez en aquélla misma dirección.

Tardó muy poco tiempo y lo hizo súbitamente, un jabalí de color oscuro y buena talla se presentó sin querer trotando por mis inmediaciones a media distancia, los ardorosos ladridos dedicados por unos perros tras él mantenían vivo su impetuoso correr. Todavía ignoro como descargué la escopeta y cargué en ella dos cartuchos de balas Légia en tan brevísimo tiempo, pero prometo que lo hice, sí sé que aquél instante a mí se me hizo eterno observando su poderosa marcha luciendo un palmo de greña.

Seguidamente tomé sin descuido la puntería en su carrera y siendo muy consciente de que aquella sería por fín mi única gran oportunidad del día, le envié la primera original Brenneke comprobando allí mismo la simbiosis de una nube de tierra del proyectil con el propio cochino. Quise mantener encarada el arma por si acaso había errado el tiro pero no hizo falta, el guarro se derrumbó instantáneamente sin dar un solo paso más. Y Leal mirando para otro lado.

Pero finalizado aquel semejante y rápido episodio mientras bajaba la escopeta tuve otra grandísima sorpresa, por el rabillo del ojo observé una pequeña sombra en movimiento, así que dejé de mirar lo cazado y situé la vista con rapidez hacia la nueva zona, cuando un nuevo jabalí ya avanzaba al galope hacia mí esta vez por la misma ladera en la que yo me encontraba pero mucho más cerca, a mitad de camino que el anterior. Como aún quedaba otro cartucho de bala en la escopeta una segunda ocasión que jamás hubiera podido imaginar surgía ante mis ojos, así que otra vez deprisa deprisa pero con nueva y mejor puntería situé el punto de mira en el centro de su paletilla y accioné el gatillo trasero, la respuesta no se hizo esperar porque la segunda Brenneke tan original como su compañera fue completamente letal de necesidad sentenciando su muerte. Y Leal dando vueltas ladrando loco de contento en torno al cochino que había visto venir desde quién sabe dónde.

Lo cierto es que casi sin darme cuenta, con una escopeta de dos cañones, dos gatillos, dos cartuchos, y en dos segundos de tiempo, puse dos guarros patas arriba, pero ojo, como aquél que en este caso sí quería la cosa. Como no iba a quererla, en esas condiciones a ningún cazador le podía amargar un dulce de semejante calibre.

Para explicar el resumen de lo acontecido de la mejor manera posible, sin complicaciones, y también en dos palabras, lo diré sencillamente así:

Menudo doblete.

Un resultado ganado a pulso en compañía de mi perro, protagonista indiscutible, con quien nunca perdí una sola pieza de caza herida ni muerta en el campo. Y el “puñetero” Leal agitando la cola en señal de alegría y complicidad.

Después de meditar todo lo acontecido en aquélla jornada tan distinta como especial, quise recordarla aplicándole como colofón una frase que pensé venía muy bien a cuento:

A falta de perdices, buenos son jabalíes."

Evaristo Espada Moliner.


2 comentaris:

garbi24 ha dit...

sens dubte una bona història i més per qui l'ha viscuda a la realitat

Glòria ha dit...

Hola Garbí, té moltes històries, pensa que d'aquesta fa la tira d'anys, je je je. Les escriu, les descriu amb tot detall, i de tant en tant li publiquen algun relat; aquest a mi també m'ha agradat, vet aquí! Gràcies de part seva.